Poliedro / Grandezas y miserias

Este País – Revista – Pág. 12-14, Federico Reyes Heroles.-

Las sirenas no cesan. Los helicópteros parecieran perseguirse. Antes de que lleguen las primeras escenas, la imaginación, guiada por los recuerdos, ya visita los lugares del horror. Personas muertas instantáneamente, otras atrapadas, heridas, sufriendo, en la oscuridad, sangrando, con fracturas, con dificultades para respirar, sus familiares también atrapados, por la angustia, rodeados de incógnitas, desesperados, temblorosos, con lágrimas incontenibles que no piden permiso, todo a unos cuantos kilómetros, en las calles por las que hemos circulado mil veces, por las que hemos caminado, allí donde viven amigos y conocidos. Es una imaginación que duele, ya no queremos hacer más visitas imaginarias al horror, pero uno quiere saber, y saber duele.

Sin electricidad voy al auto y sintonizo a Adriana Pérez Cañedo, que por desgracia tiene experiencia en esto, pues estaba al aire en el 85. Con la serenidad y seriedad que la caracterizan, comienza a describir lo que ve, lo que lee, y advierte desde ese momento de los riesgos de las fake news. Sin saber nada del fantasma de Frida Sofía que después nos visitaría, previene sobre el uso irresponsable de las redes sociales, y señala -a partir de la imagen de las grandes nubes de polvo, transmitida por Milenio Televisión- que la desgracia será de proporciones imposibles de prever.

Y así entramos de nuevo en la emergencia, emergencia de la que hemos aprendido, en la que también, por desgracia, por fortuna y con esfuerzo, ya sabemos conducirnos.

Los pensamientos se revuelven, buscan respuestas. Por qué otra vez, por qué aquí, por qué en un 19 de septiembre. Pero esas preguntas obligadas de una conciencia oprimida por los hechos no reciben ni recibirán respuesta. Las especulaciones encuentran vía franca. Es un nuevo reto para los mexicanos, un desafío, terrible desafío, doloroso desafío, letal desafío, y confiamos en que ocurra lo que ocurrió en el 85, que la sociedad se vuelque sobre sí misma, en que de nuevo saquemos lo mejor de nosotros mismos.

Y ocurre. Pero no queremos que ocurra lo que también ocurrió: la sensación de vacío de la autoridad, de lejanía, de tardanza, la rapiña, la miseria humana. Con esas obsesiones comienza el registro de las horas de eso que llamamos emergencia y que significa una carrera contra el tiempo, contra las 72 horas fatales en las que queremos encontrar la vida debajo de los escombros.

La suma estremece., eran Chiapas y Oaxaca, ahora son la Ciudad de México (cdmx), Morolos, Puebla, Estado de México. Qué es esto. El aeropuerto suspende actividades, el presidente retorna y aterriza en la base aérea de Santa Lucía para sobrevolarla cdmx en helicóptero.

Mancera opera desde el centro de inteligencia. Agua, alimentos enlatados, cobijas, la lista de carencias empieza y crece y cambia hora con hora. Aparecen las instituciones, Cruz Roja, Ejército, Marina, Policía Federal, policía local. Los daños están por todas partes, centro, sur, norte. Aulas dañadas, decenas de iglesias, es Jojutla, es Cholula. Las evacuaciones se dan en orden. En el aeropuerto no hay protocolos, la gente deambula desconcertada sin saber qué hacer. Increíble. Los celulares irrumpen con fuerza, dos mujeres se abrazan aterradas, están frente a la Conagua, otra más se pone la mano en el pecho y con la otra sostiene el celular contra su oreja.

Segundo terremoto en diez días. Entusiasmo solidario v apabullante habrá, protagonismos también, miserias humanas sin duda. Qué imperará, porque sin organización de poco sirve el entusiasmo y el sentido de humanidad. Pero no es así, los centros de acopio ven crecer las montañas de productos, las personas colaboran codo a codo. Hay organización, la espontaneidad hoy tiene cauce. No fue así en el 85, cuando el desconcierto y el pasmo oficial merodearon. Ahora de inmediato surgen largas lilas humanas moviendo cascajo. En Morelos algunos miserables, en el sentido de Víctor Hugo, miseria interna, pobreza extrema del alma, aparecen e instalan falsos centros de acopio. También hay paquetes con dedicatoria: “con mucho cariño déla familia Rodríguez”. De todo.

Hay muchos jóvenes. Pero, no que los milenials eran egoístas. Allí están, inundan las calles, cargan escombros, buscan salidas a las encrucijadas, llevan productos a los centros de acopio.

Los recuerdos del 85, las historias familiares, de amigos, los homenajes, la información venga de donde venga los prepararon mejor. Días después habrá otros milenials que saldrán a tomarse selfies frente a las montañas de escombros que sirvieron de tumbas. En las primeras horas la esperanza es un denominador común, pero también aparecen cuerpos cubiertos. La realidad se va imponiendo. En poco tiempo las enormes grúas cruzan la ciudad y en minutos ya estiran sus brazos para levantar enormes losas. No fue así en el 85. La maquinaria ha mejorado, pero quizá la gran diferencia está en la multiplicidad de formas de comunicarse.

En el 85, al caer la torre de telecomunicaciones, junto al fantástico mercado de San Juan, el país quedó incomunicado por mucho tiempo.

Hoy la simple idea parece absurda. El centralismo no sólo era político y administrativo; también reinaba en otros ámbitos: la comunicación y la información. En el 2017, cientos de miles de reporteros instantáneos hicieron llegar información e imágenes a los noticiarios y a colegas, ciudadanos comunes que utilizaron sus teléfonos inteligentes -hay alrededor de 90 millones ¿en todo el país?- para transmitir imágenes, muchas imágenes. Supimos más, supimos instantáneamente, pudimos reaccionar mejor.

En los albergues, además de alimentos y cobijo, se ofrecen terapias para niños, jóvenes y adultos mayores. Una mujer muy joven toca el violín entre damnificados. Lentamente olas de cascos, anaranjados, amarillos, blancos, invaden los sitios de rescate. Las autoridades conducen los operativos. No se ve la tensión del 85 entre ciudadanos y militares y policías. Habrá algunos casos, pero serán excepcionales. Los acordonamientos no son para limitar la participación, no se delató ese miedo oficial a la participación ciudadana que marcó al 85. Otra diferencia: con las horas, las peticiones cambian, baterías, lámparas, tiendas de campaña, medicinas y más medicinas.

La Cruz Roja se convierte en referente de qué llevar. Los puños levantados provocan los silencios necesarios, todos los siguen. La lista de muertos se incrementa también por hora.

La noche se aproxima.

El presidente aparece con el jefe de gobierno. Ya no hay regente, ahora los opositores conviven y colaboran, se coordinan. Algunos critican a Mancera por sus pocas apariciones, pero quizá lo que ocurrió es que el jefe de gobierno privilegió la convivencia con Peña Nieto, dos cabezas en el mismo espacio es incómodo y riesgoso. Difícil y no tanto. Peña Nieto con sus varias salidas a Oaxaca, Chiapas. Morelos, también abrió los espacios que Mancera debía ocupar. Fue algo inédito. Lo lograron: cada quien en lo suyo con un fin común. El bombardeo sigue, el Colegio Enrique Rébsamen es devastadora. De nuevo la incontenible imaginación: niños entre escombros, vivos y muertos, dantesco. Después aparecería la ruindad de la dueña y sus departamentos, su jacuzzi con peso muerto sobre los cuerpos de los niños. Miserable.

Los tuits desgarran: “Tengo atrapado un pie, pero respiro”.

Las sorpresas continúan, la Del Valle, el Sur. De nuevo silencio para la búsqueda de la

vida. “Mi gente está allí, mis compañeros se quedaron adentro, salí a dar una clase y ahora ya no hay nada, ¡nada!”, clama el gerente de Grupo Baluher México.

Colapsa un edificio en Iztapalapa, la colonia Roma está en la boca de todos. “Un poco empolvado”, responde en mensaje un empresario a su hijo con dejo de humor y optimismo. Minutos después moría. En el simulacro le advierten a la ágil y deportista mujer que debe bajar a la calle y no subir a la azotea del piso superior. Obedece y muere dos horas después. La ayuda crece por todas partes, no sólo hiperactivos y protagonistas que nunca faltan, hay gente, mucha gente, curiosos incluidos. Allí están esas crecientes clases medias vestidas de jeans, de tenis, con celulares, texteando, los objetos igualadores de Lipovetsky haciendo su trabajo de ocultar las diferencias de ingreso, de educación. Allí, en esos momentos, todos son ciudadanos, miembros de la misma comunidad, habitantes de la tragedia.

Por fortuna no llueve y la noche nos abraza.

Canes salvan a humanos y humanos salvan a canes. Aparecen “Titán”, “Frida”, “Kublay” con reputación internacional y decenas de rescates en su haber. Son de distintas instituciones, la Marina, la Policía Federal y otras, e incluso llegó “Asían” de la familia Preciado, también entrenado para un caso así, y ocurrió. A ellos se suman los que llegan con las delegaciones de Chile, de Israel y otros países. Además de los ya conocidos canes, hacen su aparición las nuevas tecnologías para detectar calor, ruido, imágenes. Hay una psicosis colectiva justificada por los que se encuentran con vida o eso creen sus familiares o amigos, está debajo del edificio, no ha salido.

Las ambulancias van y vienen, los aplausos de rescatistas y simples ciudadanos anuncian otro éxito colectivo, un rescate, son pequeños colectivos, un equipo improvisado que sólo durará horas, pero son esas horas las que le dan una razón de ser. Los imprescindibles aparecen de inmediato: la UNAM, el IPN y otras instituciones como el Tecnológico de Monterrey (en sus instalaciones del sur también hubo tragedia, pero las instituciones no pueden amilanarse). El centro de acopio de la unam sufre el intento de apropiación de grupos ajenos a la institución, Okupa, la miseria de nuevo.

Erick Arias, un joven trabajador en el área de deraraaa hiimanos de la i>gr, se ha convertido en rescatista y junto con sus tres primos se entrega con toda la fuerza y pasión de la juventud y rescata a varios mexicanos a los que difícilmente volverá a ver. Muy emocionado describe su vivencia y sabe que no hay marcha atrás: será rescatista toda su vida. Incluso sin su pico y su casco, a la pregunta: ¿ocupación?, en su interior responderá: rescatista. Lo mismo ocurrió en el 85, la sociedad mexicana descubrió en sí misma una vocación que después se ha multiplicado y manifestado en varias ocasiones.

Es un proceso de la conciencia, una implosión individual que se transforma en una explosión social.

Las emociones son encontradas, por un lado, la muerte, el miedo a una réplica mortal, el recuento del privilegio de estar vivo, y yo por qué viví y mi colega de oficina murió. Pero también aparece la emoción de poder hacer algo por los otros, emoción muy profunda -tan bien descrita por Viktor Frankl- de ser útiles para los demás, con la consecuencia inmediata de sentirse vivos. Los rostros en las calles muestran esta extraña vitalidad que inyecta una energía infinita. Las noches no existen, el cansancio pasa a un segundo plano. Erick se ha multiplicado en muchos mexicanos que ya no podrán negarse a sí mismos esa opción de vida. Eso ocurrió en el 85 y ayudó a la transformación de la sociedad mexicana, y también ha ocurrido en el 2017, estos sucesos ayudan al parto de la ciudadanía y con ella, llega la exigencia que tanta falta nos hace.

Miles de inmuebles -quizá 3 mil- dañados, el conteo sigue. Un cálculo de la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros afirma que sólo un 8.6% de las viviendas tiene algún tipo de cobertura contra desastres naturales, sismos, huracanes, etcétera. Así, mientras la Torre Eiffel, el Empire State en Nueva York o el obelisco de Buenos Aires se pintan de verde, blanco y colorado, los mexicanos tenemos que pensar en la reconstrucción.

La emergencia y la solidaridad fueron lo inmediato, pero hay miles de personas sin vivienda en Oaxaca, Morolos, en Chiapas, en Puebla, en la cdmx. Bancos y grandes corporativos entraron en una sana competencia ofreciendo por cada peso aportado otro más, o dos, o cinco y hasta ocho (femsa). Se crea Fuerza México, iniciativa encabezada por el Consejo Coordinador Empresarial para canalizar recursos de manera organizada y garantizar que lleguen a su destino.

Pero en un año electoral y con la desconfianza ancestral de los mexicanos hacia los mexicanos, la reconstrucción es un riesgo: o es ejemplar en sus objetivos, en sus formas de hacer las cosas, con total transparencia, sin que se presenten conflictos de interés, con una clara y convincente rendición de cuentas, o se convertirá en otro escándalo. El reto es mayor, como lo es la oportunidad de construir un país, valga la dolorosa y paradójica expresión, renovado por el nuevo sismo. Los muertos del edificio de Álvaro Obregón 286 nos recuerdan que el riesgo está en nosotros mismos, en los demonios que también llevamos dentro. Otros miserables.

Si algo enseñó el 85 es que la sacudida telúrica, la emergencia, la solidaridad, provocaron el nacimiento de una criatura social demandante y exigente. No en balde el 85 se convirtió en referente de la construcción -lenta, trabajosa, no sin tropiezos- de la democracia mexicana.

La presión hacia los partidos políticos en el sentido de que canalicen recursos surgió en horas: redes sociales, artículos, en todos los medios. El hartazgo hacia la llamada partidocracia fue quizá de las primeras y más diáfanas expresiones de por donde va ese hartazgo. Pero de nuevo la demagogia se apoderó de la discusión.

De pronto, por “solidaridad”, propusieron terminar con el financiamiento público a los partidos y de pasada con la representación proporcional. Al estilo de Donald Trump, de Citizens United, privaticemos la política, que entren los grandes capitales y se queden con las representaciones y los puestos, que el narco se disfrace. En un país de 120 millones y con un andamiaje electoral que tiene sus explicaciones en el pasado y el presente, el sismo se convirtió en un excelente pretexto para regresar a la opacidad u oscuridad, genial reacción que los muertos del sismo nunca conocerán.

Los videos de los legisladores saliendo despavoridos de San Lázaro, con la leyenda “como ratas”, no dejan de ser un mensaje. Las agresiones a un par de delegados de la cdmx hablan por sí mismas. El enojo contra los medios por la pifia de la inexistente niña Frida Sofía no hizo más que agravar la desconfianza hacia la mayoría de las instituciones y medios. Miseria, miseria pura. Casi un 90% no confía en el gobierno, un 70% no confía en las redes sociales ni tampoco en la sociedad civil. ¿En quién confiamos? Los mismos mexicanos que se desvivieron por el otro en los escombros ven este circo de corrupción, impunidad y oportunismo.

El sismo social está anunciado: contentos y orgullosos con la solidaridad, pero hartos de las corruptelas e infectados de desconfianza hacia los gobernantes.

¿Que hacer con ese enojo agravado por los muchos que perdieron a un familiar, o a un amigo, o su patrimonio? ¿Cómo canalizarlo? En el 85 fue bastante claro e incluso sencillo: contra el presidente y su equipo y contra el pri. En el 2017 esos dos actores están incluidos, pero la lista ha crecido, todos están incluidos: partidos, legisladores en lo general y en lo particular, con nombre y apellido, los gobernadores también reprobados, los medios no se escapan, etcétera. El desprestigio es de la clase política en su conjunto, ya ni siquiera la alternancia genera esperanza. Contra lo que dice López Obrador, sus altos negativos hablan de que los vientos tampoco le son del todo favorables. Además, el sismo lo exhibió, callado, al acecho de los errores de los otros, sin participación ni propuestas.

El horror del Colegio Enrique Rébsamen recuerda la falsedad de la tesis: los de adentro son los corruptos y nosotros los limpios. Mentira, corrupción la hay en todos los partidos. Miseria que tiene hartos a los mexicanos.

La reconstrucción va más allá de los tabiques, las varillas y el cemento. Hay una reconstrucción emocional para que los mexicanos crean en los logros de México, que los hay y muchos. Basta con comparar al México de 1985 con el actual: la vida política, la pluralidad, la economía, los avances en vivienda, la reducción de las carencias sociales, la infraestructura de las instituciones de salud, los niveles educativos, la apertura, la industrialización, casi en todo lo que se mida se encontrarán avances notables en los últimos 32 años. Cómo salir de la trampa de reconocernos a nosotros mismos más allá de nuestra capacidad para rescatar compatriotas o remover cascajo o apoyar a los centros de acopio.

Ahí está el dilema.

Otra enorme diferencia es la que surge por los efectos de las estructuras de transparencia en la formación de ciudadanía, por eso miramos a los partidos y sus presupuestos millonarios, por eso ahora miramos al ine, la joya de la corona, sabiendo que los consejeros y su presidente tienen autorizados alrededor de 250 millones para gastos y casi 300 para traslados y viáticos. Estas realidades confrontadas con los escombros provocan una reacción ciudadana muy informada que no existía en el 85, v más vale que todos asumamos el cambio. En el 8,5 mucho se culpó a los gobernantes de no saber leer el ánimo social. Ahora el cuestionamiento es generalizado hacia toda la clase política. Ese nuevo ingrediente, la transparencia, no es condimento, sino la esencia de la discusión.

Ya tuvimos la tragedia con el ácido sabor de la fecha. Pero si los sismos fueron similares por el horror que arrojan a nuestras vidas, lo que se vio arriba de las capas telúricas fue muy diferente. Este país, con todos los serios problemas que tiene, es otro. Y eso demuestra nuestra capacidad de cambiar. Pero también hay un sustrato de miseria que perdura, sus rostros, la corrupción, la impunidad, el cinismo están allí.

Tragedia sí tuvimos, no fatalidad. La fatalidad hubiera supuesto cometer los mismos errores atroces; no fue así. La fatalidad no aplica. Pero hay algo más, el 85 no fue leído como una oportunidad y por eso también fue tan traumático. Ojalá en el 2017 la lectura de los gobernantes sea diferente.